domingo, 30 de enero de 2011

Aquí, en Roma, todo sigue como siempre

Hoy el aburrimiento puede con mis últimas defensas. No estoy por ver series, leer, escribir, bailar como un mono o recortarme las uñas. Fuera hace un frío que encoge el valor de cualquiera, y tampoco hay nada (negocio o antro) abierto ahí fuera, desde hará unas 3 horas. Esto es demasiado europeo para mí. Echo de menos esa maravillosa costumbre de mi tierra de tirarse a la calle sin propósito ni provecho. Patearse esta gran ciudad es cansado y a la vez peligroso. Interminable. Y eso que ahora estoy comenzando a tomarle cariño a esta ciudad, que está hecha un harapo.

Aún así espero que salga el sol más tiempo (las 5 de la tarde es un límite demasiado corto), que sean mis pies los que decidan qué voy a hacer hoy. Porque desde luego, ahora mismo los tengo atados a las patas de la cama por si les da por irse por ahí. Inconscientes..

Bueno, lo mejor que una puede tener es un blog para momentos como este. No hay nadie conectado a ninguna de esas estúpidas redes sociales(juro y perjuro que las odio desde mi más profunda convicción, aunque las frecuente; algún día desapareceré de ellas para siempre). No hay nadie en ningún lado. Puede que en realidad el mundo esté desapareciendo puertas afuera de mi cuarto. Algún filósofo tenía esa idea. Cuando uno no mira, ¿qué seguridad puede tener de la permanencia del universo? ¿Quién te asegura que existe, aunque no estés ahí para comprobarlo? ¿Y a ese alguien, le creerías lo que cuenta?

Escuchar música está siendo un buen antídoto, de momento. Porque si estoy demasiado tiempo aburrida, me da por plantearme mi vida y lo que no es. O peor, lo que no soy yo.

Total, todo sería más sencillo si tuviera un poco de helado a mano...