Sí, esos pollitos tan graciosos de fieltro... bueno, no sé exactamente de qué material están hechos, pero son pura maldad. Realmente uno necesita un equipo del mal si quiere convertirse en un supervillano como el mal manda.
Soy una ferviente servidora del mal. Cuando se me pasó la fiebre santurrona de ser monja, es decir, cuando dilucidé que las virtudes están sobrevaloradas, abrí los ojos a las maldades del Infierno. Fogatas, ruido de guitarras estruendosas y gritos de dolor. Es como una eterna noche de San Juan. ¿Quién narices prefiere ir al cielo, con todas esas nubes y verjas de oro, que parece la casa de Psicosis revisitada por Evax? No, yo no. Me hago demonia ya. ¿Dónde hay que firmar para vender el alma?
Aparte de los traviesos vestiditos de diablilla, estar condenada tiene muchas ventajas. Lista indexada al canto.
#1. Viva el libertinaje. La lujuria, la gula, la pereza. Qué mejor que esos combinar esos tres pecados en un cocktail que sabe a verano eterno.
#2. Bailar como una stripper sintiendo las miradas lascivas de Belcebú (oy, esos abdominales bermellón...)
#3. Opinar políticamente de modo incorrecto. Mandar a todo el mundo a tomar bebidas de Coca Cola Company™, con sede en el mismo centro del lago volcánico del dolor. Ingredientes: culitos sucios de bebés y dientes de monja.
#4. El ambientillo. Allí tiene que estar lo peorcito de la humanidad, con grandísimos pecadores de la pradera. No me hace tanta ilusión lo de los asesinos en serie, pero estoy acostumbrada gracias a Internet.
Ayy... ya casi huelo el azufre. Ugh :S